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LAS CRISIS DE ALIMENTOS EN LA PREHISTORIA
Traducción del artículo original.
Disi Dencia.

Desde hace varios millones de años -casi toda la travesía humana- nuestros antepasados sobrevivieron mediante la caza y la recolección. Hasta hace unos 10.000 años, todo en nuestro menú era comida silvestre. Desde hace aproximadamente 2.000 años la mayor parte de nuestros alimentos provienen de granjas; un cambio rápido y radical. En su libro ‘Las crisis ...de alimentos en la Prehistoria’, el arqueólogo y antropólogo Mark Nathan Cohen explora dos cuestiones. ¿Por qué nos cambiamos a la agricultura? ¿Por qué ocurrió este cambio, en todo el mundo, casi al mismo tiempo?

Su respuesta a ambas preguntas fue: la presión demográfica. Nuestros alimentos preferidos disminuyeron a medida que nuestra población aumentaba. En los viejos tiempos, el alimento preferido de los cazadores-recolectores de todo el mundo provenía de la caza mayor. Tomaba mucho menos tiempo matar a un mamut de seis toneladas de lo que llevaba cazar seis toneladas de conejos, ratas o caracoles. Mientras había caza mayor disponible, estábamos encantados de hincar los tenedores en ella.

Cuando las presas grandes comenzaron a escasear, las almas aventureras emigraron a regiones deshabitadas en busca de banquetes nutritivos de cuatro patas. Gracias a nuestra habilidad para fabricar herramientas aprendimos a sobrevivir en casi cualquier tipo de ecosistema, húmedo o seco, tórrido o helado. Finalmente nos quedamos sin regiones deshabitadas, y la caza mayor comenzó a escasear en todas partes. En poco tiempo, los alimentos menos preferidos empezaron a lucir como una deliciosa alternativa a la inanición.

Cuando la caza mayor constituía nuestra alimentación primaria preferida, la capacidad de carga del planeta era del orden de 15 millones de personas, estimó Cohen. Él piensa que la transición a la agricultura tuvo tres fases: (1) caza mayor, (2) caza menor, recursos acuáticos, más alimentos vegetales, y (3) alimentos domesticados. El registro arqueológico en la mayoría de las regiones en general apoya esto.

El cambio climático también jugó un papel importante. Pasadas las edades de hielo, el clima se hacía más cálido y los ecosistemas de la tundra eran sustituidos por bosques. Las criaturas de la gran tundra se convertían en rufianes hambrientos sin hogar. Las criaturas del bosque como uros, ciervos y cerdos no eran animales que vivían en grandes manadas; cazarlos requería un mayor esfuerzo. En breve tiempo, pasamos el cénit de la caza mayor.

Cohen encontró bastantes pruebas de que la tendencia a través del largo viaje humano había sido la del crecimiento demográfico, lento pero constante. Algunas sociedades hicieron un buen trabajo limitando voluntariamente sus números, y otras no lo hicieron. Algunas ciertamente vivieron en equilibrio durante varias generaciones -Joseph Birdsell estima que durante el Pleistoceno del 15 al 50 por ciento de todos los nacidos vivos fueron eliminados mediante el infanticidio-. La estabilidad deliberada era mejor que la hambruna impulsada por el crecimiento, pero la estabilidad era un ideal resbaladizo. En un mundo en constante cambio, la estabilidad sólo puede ser temporal.

La noción de capacidad de carga fija un límite sobre cuántos ciervos puede soportar un ecosistema. Para los seres humanos, los límites de la capacidad de carga eran más flexibles, ya que podíamos digerir una amplia variedad de partes de plantas y animales. Cuando los bifes de rinoceronte ya no estaban disponibles, comenzamos a comer más alimentos de origen vegetal, caza menor, mamíferos marinos, salmón, mariscos, aves, semillas, nueces, caracoles, reptiles, insectos, etc. Implicaba más trabajo, pero nos mantuvimos alimentados, y nuestros números a paso lento se mantuvieron creciendo.

Esta transición de una dieta de Clase A a una dieta de Clase B se produjo en todas las sociedades, en diversas formas, y esto incrementó la carga de los seres humanos. Se puede adivinar lo que pasó después. Finalmente nos golpeamos contra el techo una vez más, a pesar de nuestras nuevas tecnologías en redes, arcos y flechas, trampas, diques, anzuelos, arpones, etc. ¿Y luego qué? Nuestras opciones incluían extinción, conflicto sangriento, planificación familiar y/o una dieta Clase C. El destino arrojó los dados, y una peor dieta fue la opción elegida.
La agricultura no fue un brillante descubrimiento. Hace un millón de años todo el mundo sabía ya lo que sucedía cuando las semillas eran plantadas. Todo el mundo sabía que ocuparse de las plantas era laborioso. En un mundo de abundante alimento animal, la mayoría de los alimentos de origen vegetal no eran apreciados. "La gente en todo el mundo comía carne y diversos frutos cuando podían, y cereales y tubérculos sólo cuando debían hacerlo" decía Cohen. Una dieta a base de cereales tenía muchos inconvenientes nutricionales, y nada era más insoportablemente soso que una alimentación en que predominara la avena caliente.

Continuamente fallamos en apreciar la elegante cultura a prueba de tiempo de los recolectores silvestres. Comían una amplia variedad de plantas alimenticias que la evolución afinó para sobrevivir a las diversas peculiaridades de los ecosistemas locales. Debido a que no dependían para su supervivencia de sólo dos o tres plantas domesticadas, los bosquimanos podían sobrevivir fácilmente a una sequía de tres años que devastaría a los rancheros de las proximidades. Los recolectores eran personas sanas, ya que los alimentos silvestres son más nutritivos, y el estilo de vida nómada mantenía alejada a la enfermedad.

La agricultura era un trabajo agotador. Requería labranza, siembra, deshierbe y riego; meses de esfuerzo invertido antes de la retribución, que no era segura. Las amenazas de sequía, inundaciones, heladas, insectos, enfermedades, incendios, granizo y vientos podían arruinar una cosecha próspera en cualquier momento. Cuando el grano estaba maduro, había una ventana de oportunidad para cosecharlo, lo que a veces sólo duraba unos pocos días. Si te la perdías, estabas condenado. Las ramas tenían que ser cortadas y luego trilladas. Si los granos no estaban lo suficientemente sueltos, se necesitaba un poco de tostado.

Pozos de almacenamiento o graneros tuvieron que ser construidos, y constantemente defendidos contra variados aprovechadores y rufianes. Antes de almacenarlo, el grano tenía que ser secado para evitar la germinación y evitar mohos y hongos. Antes de ser cocinado, el grano debía ser pulverizado golpeando o moliendo. En el Nuevo Mundo, en que se vivía del maíz, se requería aún más trabajo.

La presión demográfica impulsó la expansión de la agricultura a cada hábitat que lo permitía. Las pequeñas sociedades de cazadores-recolectores eran impotentes para oponerse a la creciente avalancha de turbas beligerantes de demonios de la avena y cabezas de pan.

En los últimos tiempos hemos descubierto cómo utilizar el suelo para convertir el petróleo en sustancias parecidas a alimentos. Hoy hemos masticado nuestro camino metiéndonos profundamente en el reino de los alimentos clase D, cargados de carbohidratos altamente refinados y llenos de calorías vacías.

Hemos logrado estirar temporalmente la capacidad de carga a 7 mil millones, pero queda muy poca capacidad de estiramiento antes del inevitable repliegue. Incluso los horribles alimentos Clase D se encerrarán de golpe dentro límites fijos; cénit de la energía barata, cénit de los fertilizantes, destrucción de tierras agrícolas, desertificación, y la certeza de que la agricultura industrial tiene una fecha de caducidad. Y en algún lugar de este camino, el cambio climático puede eliminar la mayoría o todas las formas de agricultura. El clima estable de los últimos 10.000 años ha sido un fenómeno inusual.

Observando el viaje humano desde la cima de la montaña de Cohen, podemos ver por encima de la niebla de los mitos, y el panorama general se puede enfocar mejor. Incluso la forma de vida de los cazadores-recolectores, tal como venía ocurriendo, no es sostenible en el largo plazo. Si nos hubiéramos quedado en equilibrio, la agricultura y la civilización nunca habrían sucedido. Los esfuerzos humanos en la limitación voluntaria de la población no han sido eficaces, y este fracaso fue aumentado por nuestras habilidades en la neutralización de los tradicionales depredadores devoradores de humanos que proporcionaban un control esencial de la pandilla. Una manada de siete mil millones es una bomba de tiempo.

En una mañana de niebla, un grupo de chimpancés se sienta en el borde de la selva, mirándonos fijamente. Ellos son nuestros parientes más cercanos, y durante millones de años no han cometido el error de caer en la adicción a las herramientas, la domesticación, o las explosiones de población -los depredadores son siempre libres de invitar al menos alerta a almorzar-. Los chimpancés salvajes siguen siendo sanos, felices y sostenibles. Y se preguntan cómo nos perdimos y confundimos tanto. Nunca es agradable ver a viejos amigos autodestruyéndose en adicciones devastadoras. ¿Qué pasó? ¿Era necesario destrozar el planeta? ¡por favor cálmense! ¡los echamos de menos! ¡vuelvan a casa!

La humanidad se está sofocando en mitos tóxicos. El pensamiento crítico es un poderoso antídoto, y es un vasto continente apenas explorado. En las próximas décadas, de una forma o de otra, las luces de la civilización que conocemos se apagarán. En el tiempo que resta sería sabio enterrar tantos de esos mitos como sea posible, de manera que no envenenen las mentes de las generaciones futuras, si las hubiere. Es hora de aprender, pensar y recordar. Tenemos muchos dragones que matar antes de que podamos recuperar nuestro tesoro perdido por tanto tiempo, una comprensión basada en la realidad, acerca de quiénes somos verdaderamente y de dónde venimos. Nuestra mayor necesidad es la de sanas y nuevas visiones. Es hora de ir a casa.

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Comentarios

26.09 | 19:26

Gracias. Un cordial saludo.

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17.09 | 10:26

Me gusta

...
30.08 | 16:29

Gracias Carmen. Quedo atenta.

...
06.07 | 00:31

Hola Antonio, si efectivamente tiene que ver con la paleodieta pero desde un análisis científico basado en la bioquímica, la ecología y la antropología...

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